Mi historia

Mi nombre es Pagani, Horacio Pagani

(Cap. 1 del libro “El verdadero fútbol que le gusta a la gente”)

La culpa la tuvo Julito Palazzo. Estudiaba arquitectura, Julio. Se peinaba a la gomina, vestía con saco, pero era desaliñado. Usaba siempre la misma ropa. Formaba parte de la barra de Santa Fe y Ecuador, pero había llegado de costado. Porque era amigo de Juan Crespo, uno de los dueños de la Rotary, la confitería de masas que -en la fábrica, atrás- era centro de reunión de algunos privilegiados. Porque a la madre de Juan, una gallega de mal talante, no le gustaban los amigos atorrantes de sus hijos. Don Crespo, el padre de Juan, en cambio, era todo generosidad, pero todo sometimiento. No hablaba, casi. Trabajaba en la fábrica de masas con Paco, su hijo mayor, el hermano de Juan, que tenía alma de playboy y al que le gustaba poco el laburo. Eran los reposteros.

Allí también colaboraba el Gordo Nicolás, tipo simpático, de Patricios, que levantaba quiniela. En la sandwichería estaban Roberto Manteca Pérez, un amigo máximo, inquieto, ávido de información, buen analista; y Carlos Querido, Cariño, a todos los efectos. Juan Crespo atendía el negocio, adelante, junto con su madre, la gallega. Tipo discutidor, Juan Crespo. Obstinado. Las polémicas en el Cambridge, el café de al lado, pegadito al cine Palais Blue -“la piecita”, según le decíamos por su tamaño-, eran sangrientas. En los tiempos en que Boca jugó la final de la Copa Libertadores con el Santos de Pelé, en el 63, las topadas del sábado al mediodía merecían balcones.

Participábamos quince, o más. Juan Crespo era de River y tenía su grupo detrás. Por supuesto, estaban a favor del Santos. Eso, en aquellos tiempos iniciales, parecía una traición a la patria. Y los gritos se escuchaban a cien metros a la redonda.

La culpa la tuvo Julio Palazzo, entonces. Estaba por recibirse. Y por casarse. A todos los identificaba con un “gran” delante del nombre para poder definirse a sí mismo como “gran Julito”. Yo estudiaba Ciencias Económicas para cumplirles el gusto a mis viejos. Y trabajaba en el Banco de Boston desde los 17 años. Era un muchacho aplicado: entraba al Banco a las 12 menos cuarto; me levantaba a las 11, me bañaba, y a las 11.15 comía (Doña Rosa, una vecina que venía a casa, me cocinaba mientras mis viejos trabajaban; después se descubrió que se llevaba comida y alguna que otra cosita); a las 11.30 partía con Horacio Palmieri, mi amigo de toda la vida que trabajaba en el Banco de Canadá. Todo estaba cronometrado. Tomábamos el subte de las 11.35 y llegábamos justo a Florida y Diagonal Norte. Al final de cada mes le daba el sobre del sueldo completo a mi vieja, Teresa. Teníamos una panadería -un despacho de pan en realidad- en Ecuador, entre Santa Fe y Charcas. El tiempo de esplendor de El Récord, panadería con horno, carros y camión, había pasado.

Se fundió un año antes de que yo naciera. Hubo que alquilar, entonces, un local con vivienda. Mi viejo, Antonio, se levantaba a las 4.30 de la mañana -lo hizo durante diez años consecutivos, sin faltar un solo día-, para ir a hacer el reparto de carro con caballo, de una panadería que estaba en Mansilla y Anchorena. Jefe se llamaba el caballo marrón que tiraba el carro. Y hasta se admitía llamarlo Pepe, cariñosamente. Nosotros vivíamos detrás del local, muy austeramente.

Mi hermano Tito, el mayor, había levantado vuelo; era la oveja negra de la familia para mi avergonzada vieja que, sin embargo, no permitía que se hablara mal de él.

Después seguía la Pichi, Ana María, mi segunda madre: padecía una insuficiencia aórtica desde los ocho años -un soplo al corazón, se decía- y desde pibe empecé a escuchar que tendría poca vida. Y así fue, nomás. Murió a los 40 años, en el consultorio del cardiólogo al que había ido a hacer una consulta de rutina. Fue en el Hospital de Clínicas; mi vieja la había acompañado. Recuerdo con especial nitidez aquella mañana del 13 de abril de 1967: mi viejo -que me traía el desayuno a la cama a las 5.30 de la madrugada, cuando iba a buscar el pan a la panadería de Juncal y Larrea, su siguiente trabajo luego del reparto de la panadería de Mansilla y Anchorena-, me despertó antes y me dijo que habían llamado del hospital y que alguien se había descompuesto. No sabíamos si era la Pichi o la vieja. El Gordo Martín Kambourian, vecino, escolaseador desde pibe, amigo de la infancia, vivía en la misma casa de departamentos antiguos que mi familia. Su viejo, don Carlos, tenía una perfumería contigua a la panadería que atendía junto con su mujer, Inés; y su hija, Marisa. El otro hermano, Alberto -el Gordo chico-, era el menor. Lo llamé a Martín, que usaba el auto de su viejo, y le pedí que me llevara al hospital para saber qué había pasado. Entramos al Clínicas por la puerta de Córdoba; era el edificio antiguo, anterior a la reconstrucción. Al final encontramos al doctor Lombardi, médico de la familia, y en especial de mi vieja que sufría habitualmente trastornos gástricos. Y me recibió con una puñalada:
-Lamentablemente, ha fallecido.
-¿Quién? -le pregunté, desesperado.
 Y me contestó:
-Su hermana. Estaba con el cardiólogo, pero no la pudo salvar.

Mi vieja estuvo un año en cama. Se sentía culpable por haberla llevado al control. Yo fui cada domingo, durante un año, a la Chacarita. La familia ya nunca fue igual. Al año siguiente se vendió la propiedad, con negocio incluido; y nos mudamos a la vuelta, sobre la avenida Santa Fe. Mi viejo solo quería que tuviera un balcón para mirar la calle. No trabajó más. Era un tipo muy sensible, se emocionaba por cosas mínimas y le saltaban las lágrimas desde sus ojos celestes. Por un gol de Boca, por ejemplo. Escuchaba los partidos mirando de frente a la radio, como si se tratara de un televisor. Ponía la escupidera a la derecha y la usaba como cenicero. Fumaba negros, pero no tragaba el humo. Claro, nadie podía pasar por delante de la radio. Aplaudía y gritaba los goles que relataba Fioravanti. Pero, además, el viejo era muy jodón y mal hablado. “Don Generoso”, le decían mi vieja y su madre, la abuela Marieta también quinielera (me hacía gracia escuchar desde la cama cuando pasaba los números y decía “palito” para identificar al 11; una señora anciana, severa, no daba esa imagen), que también ayudaba en la panadería. Le reprochaban al viejo que regalara la mercadería. Ellas eran estrictas con el peso del pan, y si podían escamoteaban algunos gramos. El viejo era la estrella de los pibes cuando atendía la panadería por las tardes. Venían a provocarlo para buscar sus reacciones. Y él terminaba invariablemente tirándoles con panes, sobre todo el pan alemán, que estaba arriba del mostrador y era redondo y pesado. Todos lo querían en el barrio. Y fue mi espejo de la ética y la dignidad. No conocí a sus padres. Murieron antes de que yo naciera.

Después de la Pichi -para seguir con mis hermanos-, venía Irma (Pichonga), maestra, la más intelectual. Se puso de novia con Ángel Horacio Parodi (Lito), poeta, maestro, compañero de ella, después director de otra escuela, un fenómeno de tipo. Culto, educado, polemista de altura. Se casaron cuando yo era pibe. La fiesta la hicieron en un salón a la vuelta, sobre Charcas, un 17 de enero. Tuvieron dos hijos: Claudio Daniel y Cristian Javier, con diez años de diferencia entre uno y otro.

Carlos Alberto (Chingolo) viene después en la lista de seis hermanos (siempre supe que a mi vieja se le había muerto una nena en el parto, antes de que naciera él). Trabajaba en la Casa de la Moneda desde los 14 años, era mi espejo masculino. También se casó un 17 de enero, con Esther Romani, y tuvieron una hija: Ana María.

Después, María Teresa (Mary), la anterior a mí. Me lleva seis años. Yo, en realidad, no estaba en los cálculos. “Se había cerrado la fábrica”, me enteré muchos años más tarde. Pero se dio la falla técnica y hubo que hacerse cargo. Mary estuvo muchos años de novia con Omar. Al fin se casaron y tuvieron a Marcelo. Yo cerré la lista, está dicho.

Entré como oyente en primer grado en el colegio San Miguel -de curas pero con maestros laicos- a los 5años. Junto con Horacio Palmieri. Porque mi viejo llevaba el pan y me becaron. Yo cantaba tangos futboleros en los recreos -con pésima entonación, pero con todo entusiasmo- hasta que alguien le botoneó al señor López, maestro de sexto, y una tarde me hizo cantar en el aula, delante de todo el grado. Estaba paralizado por la vergüenza, pero me tiré. Déjelo señora, se llamaba el tango. Y empecé a tomar confianza. En cada cumpleaños de algún compañero me hacían meter un temita. Hasta que se dio la máxima...

Ya terminábamos el ciclo primario. El Padre Martínez (el director) cumplía años en noviembre. Y el festejo era completo, en uno de los patios. Estábamos todos: primario y secundario. Y muchos familiares. López -que había intentado sin éxito hacerme entonar una zamba, recreo tras recreo- me informó que debía cantar un tango para el director. No pegué un ojo durante la noche previa. Estábamos formados en el patio cuando el maestro se acercó y me preguntó, piadoso, si me animaba. Estaba jugado. Si hasta ya había pensado en el “fusilamiento” una docena de veces... Subí al pequeño estrado en medio de un murmullo parecido a risas contenidas. El Padre Martínez dejó la silla en la que estaba sentado; y yo, inmóvil, con mi guardapolvo gris bien planchado, puse las manos hacia atrás, en los apoyabrazos. El corazón retumbaba contra mi pecho. Pero mandé: Déjelo, señora:

 “... déjelo señora, déjelo jugar, quién sabe algún día, tendrá la alegría de verlo hecho un crack... Benavídez, Méndez, Lacasia, Labruna, Boyé, Grillo, Pescia y muchos otros más, fueron como el pibe, y ya ve señora, la celeste y blanca defienden ahora, entre los más grandes del fútbol mundial”.

El tango tenía siete u ocho años de antigüedad, casi nadie lo conocía. No sé de dónde había sacado yo la letra. Solo alguna vez lo había escuchado por Jorge Maciel, creo. El aplauso fue cerrado. Y largo. Ese día perdí la cuota mayor de mi timidez. La enfermedad se hizo luego progresiva. Y, a lo mejor, fue el anuncio de lo que vendría mucho tiempo después. No el cantor de tangos (hubiera sido imposible con mi oído rebelde), sino mi relación profesional con el fútbol.

El secundario lo hice en el Comercial Nº 5 José de San Martín, en Belgrano y Pichincha. Era un edificio viejísimo, desvencijado, y en muchas aulas no se podía dar clase los días de lluvia. Pasé limpiamente, con apenas un par de exámenes en los cinco años: Educación Democrática, en primero; y Taquigrafía, en cuarto. Era cuestión de saber estudiar lo justo en el momento justo. Silvio Lemkin, Jorge Kors, Osvaldo Arias, el Negro Carlos Támaro, Alberto Agudo, son amigos fieles de hoy -de profesiones heterogéneas- y eran compañeros en aquel tiempo de sueños, hace mil años.

Apenas terminado el secundario entré a trabajar en el Banco de Boston, como ya conté, en Florida y Diagonal. Mi viejo conocía a un primo del gerente de Personal, Gómez García. Yo tenía 17 años y el mandato familiar de seguir la carrera de Contador Público, lo más redituable, según se decía. Además, por algo había ido al Comercial. Entré en la facultad pero pronto me di cuenta de que no me gustaba. Vegetaba, en realidad. Además, aunque le daba el sobre del sueldo a mi vieja, tenía unos pesos para gastar. Hasta que me tocó el servicio militar.

Mi viejo -desde la panadería-, consiguió una palanca con un coronel. Y terminé en el Departamento de Acción Psicológica del Estado Mayor del Ejército, Comando en Jefe del Ejército. Me pusieron de soldado estafeta, y estuve trece meses bajo bandera. Sin demasiado esfuerzo, claro: tenía horario de oficina. Después de la instrucción (un mes en Villa Martelli), empecé a dormir en casa todas las noches.

La encrucijada se produjo a la salida de la colimba. No quería seguir con el estudio. Y digo que la culpa la tuvo Julito Palazzo por una charla en la esquina de Ecuador y Santa Fe. Al lado del puesto de diarios de Pepe, un amigo al que le leíamos todas las revistas, de garrón, y de tanto en tanto le cuidábamos la parada mientras él iba al baño.

-¿Qué vas a hacer? -me preguntó Julio.
-Quiero largar la Facultad. Me gustaría estudiar una carrera humanística… qué sé yo. Relaciones Humanas...
-Si a vos te gusta tanto el fútbol y te pasás relatando los partidos que se juegan en la calle y tenés esas carpetas con datos de todos los resultados deportivos, ¿por qué no te metés en la carrera de periodismo deportivo?
-¡Porque no existe! -le respondí.
-Sí que existe, viejo. El Círculo de Periodistas Deportivos tiene una escuela. Mirá, yo conozco a Tignanelli (sonidista de Radio El Mundo, ex marido de Beatriz Taibo), y ahí trabaja Horacio Besio, que es el presidente del Círculo. Él te lo puede presentar...

Y así ocurrió. Fuimos con Julito a Maipú 555, donde funcionaba El Mundo, y conocí a Besio. Era comentarista de Fioravanti, el número uno desde la salida de Enzo Ardigó.
-Vea, amigo, las clases empezaron hace diez días -me dijo- pero yo voy a hablar con López Pájaro, el director de la Escuela. A lo mejor se puede hacer la excepción.

Y se hizo la excepción. Empecé a ir tres veces por semana, a la salida del Banco. No se me había encendido la vocación todavía, ni se me cruzaba por la cabeza la idea de que pudiera terminar como periodista. Lo tomaba como un hobby. Mi vieja insistía para que siguiera en la Facultad. En el Círculo tenía como compañero a Néstor Dores, que trabajaba en Crónica, creo, y era la estrella de la clase. Pronto me hice amigo de Julio De Puch, que había ido al San Miguel, y volvíamos juntos para la zona de casa, en el subte D. También concurrían Carlos Poggi, Cayetano Ruggieri, el Gallego Sánchez, el Negro Carlos Juvenal, que empezaron a trabajar pronto. Yo me mantenía en la nebulosa entre el Banco, la carrera de Contador y este chiche nuevo. Por lo menos allí hablábamos todo el tiempo de fútbol. Y de boxeo. Teníamos de profesor a Estanislao Villanueva, Villita -un maestro del oficio-, simple, didáctico, especialista en básquet, pero conocedor de los secretos del cierre de los diarios. Trabajaba en Crónica. También lo teníamos a Raúl Landini, que había sido un extraordinario boxeador de estilo y hacía pruebas prácticas con nosotros, pero solo amagando. Y venía Osvaldo Ardizzone, uno de mis ídolos periodísticos, junto con Dante Panzeri. Porque yo leía El Gráfico con fruición. Y era militante de la idea. Tanto que me anoté en una especie de logia que se llamaba “Panzeri Confidencial”, en la que el periodista daba charlas secretas e informales para un grupo reducido de participantes. Después se enojó por algún incumplimiento del organizador y se encargó de mandar cartas personales para explicar la disolución del grupo.

Ardizzone no era un profesor aplicado. Corregía poco y nada. Había llegado al periodismo cuando ya era grande. Trabajaba como empleado administrativo de la Editorial Atlántida hasta que, almuerzo tras almuerzo, Panzeri lo convenció para que escribiera. Empezó como un crítico ácido, más severo que el propio Panzeri, y después se especializó en unos reportajes inolvidables: Rojitas, Corbatta, Garrincha, Pentrelli (“Toco y me voy”), que hicieron historia. Panzeri se había ido de El Gráfico después de que -luego de un partido entre River y Boca- lo obligaran a publicar una opinión futbolera de Álvaro Alsogaray, ministro de Economía de Arturo Frondizi, el de la famosa frase “Hay que pasar el invierno”.

-El ministro que hable de Economía -dijo Panzeri, cuando uno de los Vigil le propuso la idea.
Y como terminaron publicándola, se fue. Ardizzone se quedó. La llegada de Carlos Fontanarrosa a la dirección produjo un cambio de rumbo: del estilo de denuncia profunda y permanente de Panzeri, la revista se hizo menos comprometida y algo más frívola, y Ardizzone quedó enfocado especialmente en los reportajes.

Una noche, el viejo Osvaldo llevó a la Escuela del Círculo algunas pruebas corregidas. Estaba sentado junto a un escritorio, manipulando los papeles; de pronto levantó la vista y preguntó:
-¿Quién es Pagani?

Yo hice una mueca. La timidez entera me había vuelto al cuerpo.
-Es original esto. Solo me parece discutible la tibieza con la que pintás a la hinchada de Boca... Pero está bien escrita.

Tuve una sensación de regocijo irrepetible. Esa nota, la había pensado mucho. Se llamaba “Reportaje a la distancia” y era una entrevista a Antonio Roma, el arquero de Boca, unos años después de su memorable atajada del penal a Delem, en 1962. Yo le hacía las preguntas imaginarias desde la tribuna de la cancha de Boca en un intrascendente partido con Platense. Por eso arrancaba con un tono tibio:

“Estallido de entusiasmo con sabor a desgano, papeles que flotan en el aire más por rutina que por devoción y el sonido de un petardo aislado que trata de darle colorido de ficción a una realidad tangible y sin importancia. Y, por fin, once hombres a un trabajo...”

La intención era pintar la diferencia entre aquella tarde multitudinaria y dramática del penal de Delem y esa fría evidencia de un día cualquiera. El elogio de Ardizzone fue el clic definitivo. En ese instante pensé que sería periodista. Que ese era mi destino, mi vocación escondida. Y metí toda la pasión en la búsqueda. También lo tuve a Apo -el padre de Alejandro- como profesor, otro que me dio ideas e impulso. Trabajaba con Fontanarrosa en Polémica en el Fútbol, un programa de impacto en aquellos años, del que él había sido el creador.

-Cuidado con Azorín- me decía cuando abusaba de las frases cortas en las pruebas.
Después salíamos a tomar café y a hablar de periodismo. También, por el Círculo pasó Enzo Ardigó, un prócer, para explicarnos los secretos de la radio. Con Julio De Puch practicábamos en su casa, con grabador atento, relatos y comentarios de las peleas que daban por televisión. Y se las hacíamos escuchar a Ardigó:
-Bien, bien- nos decía para apuntalarnos el ánimo.

Mi primer trabajo me lo ofreció Carlos Ferraro, amigo entrañable desde entonces. Él era una especie de asistente de Apo, quien además producía las transmisiones de los partidos de Tercera División por Canal 13. En ese tiempo jugaban a las 11 de la mañana porque después seguían las Reservas y la Primera. Mi misión era ir a otra cancha diferente a la de la transmisión, y pasar los goles y la posible formación de los equipos de Primera. Por teléfono, a los estudios centrales; no salía al aire. Una vez, en cancha de Ferro, lo encaré a Renato Cesarini para preguntarle por el equipo de River. No me creía ni a mí mismo la emoción que sentí y la cordialidad con la que me trató. No duró mucho la experiencia, apenas unos meses. Pero me sirvió para ir perdiéndoles el miedo a los protagonistas. Veía las Terceras, comía mientras jugaban las Reservas y después analizaba el partido de Primera. Al mismo tiempo, seguía en el Banco, pero trabajando en la calle, como informante comercial. En 1967 hice un paso fugaz por el mítico diario El Mundo, de Editorial Haynes, el de Bogotá y Río de Janeiro. El jefe de Deportes era Raúl Canizaro. Trabajaba adentro, los fines de semana. Había que tomar los partidos por teléfono y cerrar a 200 kilómetros por hora. Con algunos "inventos", claro. Estuve tres meses, hasta que cerraron por quiebra, y no cobré nunca un peso.

Julio De Puch había entrado en Clarín cuando estábamos en tercer año de la Escuela del Círculo. Y me hizo el puente con Juan de Biase, el jefe, unos meses después. En marzo de 1968, fui a hacer la prueba. Era el anuncio de un partido de la Copa Libertadores. Lo escribí con todo esmero (como la casita del hornero). De Biase la leyó rutinariamente y me dijo sin mirarme:
-Un poquito grandilocuente, ¿no?
Pero lo puso en una canastita de metal y gritó:
-¡Material! -y lo mandó al taller.

Era una prueba y salió publicada. Por supuesto, me quedé hasta la madrugada a esperar la llegada de Clarín a mi barrio. El fin de semana siguiente fui con De Biase a cubrir los vestuarios en un partido de River. Y ahí empezó mi larga historia en Clarín, que ya lleva 40 años y me identifica como el periodista más antiguo del diario. Ahí mismo comenzó a cumplirse mi sueño. Ese que sin querer descubrió Julito Palazzo en la esquina de Santa Fe y Ecuador. Pronto me casé con Leda y nació Nydia. Y después con Silvia y nacieron Gabriela, Federico y Luis. Ellos padecieron mi fiebre por el periodismo, mi aluvión de viajes y mis trasnochadas. Pero me dieron la fuerza y la comprensión para seguir adelante.

Una biografía formal »

El fútbol que le gusta a la gente

Horacio Pagani

El verdadero fútbol que le gusta a la gente

Prólogo de
Roberto Fontanarrosa

“Este libro viene siendo anunciado desde el comienzo de los tiempos, como ‘El Evangelio según Poncio Pilatos’, ‘El código Da Vinci’ o cualquier otro trabajo que pueda gestar una iluminación definitiva. Tronante, Horacio, nos viene alertando desde el siglo pasado: ‘Escribiré mi libro’, ante la progresiva desconfianza de sus compañeros y admiradores.

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